Ediciones C.I.E.N.
2003
Por las rendijas del sol
El cuarto está anochecido,
como ella,
como la muñeca que mira
desde agrestes duraznos derramados
con su sonrisa prestada.
Las manos atropellan
la migaja de luz en las tijeras
y los cabellos caen como razones,
tolmos,
entreverados,
espesos,
moribundos,
sobre el hoyo blanco que acepta la ofrenda
y la arremolina hacia su ojo hambriento.
Ella ríe
como María Duplessis frente a su enamorado.
